diatermia_radiofrecuencia

Es una de las preguntas que más nos hacen en consulta: “¿a mí me vendría bien la radiofrecuencia?”. Y la respuesta honesta es la que debería dar cualquier profesional: depende del tipo de lesión, de la fase en la que se encuentre y de tu situación clínica particular.

La radiofrecuencia (también llamada tecarterapia o diatermia) se ha convertido en una herramienta habitual en fisioterapia porque acompaña bien a otras técnicas y se adapta a procesos muy distintos. Pero no es una solución universal ni sustituye una valoración individualizada. En este artículo repasamos, lesión por lesión, cuándo tiene sentido incorporarla a un plan de tratamiento y cuándo conviene ser prudentes.

Qué ocurre en el tejido cuando la aplicamos

La radiofrecuencia trabaja aplicando corrientes de alta frecuencia que generan calor de forma endógena, es decir, desde el interior del propio tejido. Ese aumento controlado de temperatura estimula la circulación sanguínea y linfática, favorece el aporte de oxígeno y nutrientes a la zona lesionada, y activa el metabolismo celular implicado en los procesos de reparación.

Ese efecto es el que explica por qué puede resultar útil en procesos tan diferentes como una contractura, una tendinopatía o una lumbalgia: en todos ellos, mejorar la circulación local y modular el dolor son objetivos terapéuticos compartidos, aunque el abordaje de cada caso sea distinto

En qué lesiones puede marcar la diferencia

Lesiones musculares: sobrecargas, contracturas y roturas fibrilares

Es probablemente el terreno donde la radiofrecuencia demuestra más consistencia. En sobrecargas y contracturas, el calor profundo ayuda a relajar la musculatura y a reducir la sensación de tirantez, facilitando después el trabajo manual. En roturas fibrilares, una vez superada la fase más aguda, favorece la reabsorción del hematoma y una orientación más ordenada de las nuevas fibras de colágeno, lo que suele traducirse en una recuperación funcional más fluida.

Tendinopatías y bursitis

Los tendones son tejidos con poca vascularización, y eso hace que su recuperación sea lenta casi por definición. Aplicada en la fase adecuada, la radiofrecuencia puede estimular esa circulación local y acompañar al trabajo de carga progresiva (que sigue siendo la base del tratamiento de cualquier tendinopatía). En bursitis, el efecto antiinflamatorio y analgésico del calor suele ser bien tolerado por el paciente.

Esguinces y lesiones ligamentosas

Fuera de la fase aguda inicial, donde prima el control de la inflamación, la radiofrecuencia se utiliza con frecuencia para acelerar la reabsorción del edema, mejorar la movilidad articular y preparar el tejido para el trabajo propioceptivo posterior, clave para evitar recidivas en tobillos y rodillas.

Dolor de espalda: cervicalgias, lumbalgias y patología discal

En cervicalgias, dorsalgias y lumbalgias de origen mecánico, así como en procesos asociados a hernias discales o protrusiones, el calor profundo ayuda a relajar la musculatura paravertebral y a reducir el dolor, lo que facilita la reeducación postural y el ejercicio terapéutico. Aquí es especialmente importante distinguir el origen del dolor: cuando existe compresión radicular con signos neurológicos, la radiofrecuencia se plantea siempre como parte de un plan más amplio, nunca como tratamiento aislado.

Procesos articulares y reumáticos: artrosis y artritis

En artrosis, el objetivo suele ser el control del dolor y la mejora de la movilidad, más que la “curación” de una degeneración articular que es progresiva por naturaleza. En artritis, la aplicación exige más criterio clínico: en fases inflamatorias activas se prioriza controlar el proceso antes de introducir calor profundo.

Cicatrices y adherencias postquirúrgicas

Una vez cerrada la herida y con el visto bueno médico, la radiofrecuencia se emplea también para trabajar cicatrices y adherencias, mejorando la elasticidad del tejido y reduciendo la sensación de tirantez que suelen describir los pacientes tras una cirugía.

Cuándo no es el momento adecuado

Aunque es una técnica segura y bien tolerada, tiene contraindicaciones que conviene tener siempre presentes:

  • Marcapasos u otros dispositivos electrónicos implantados, por riesgo de interferencia.
  • Embarazo, en cualquier región corporal.
  • Procesos oncológicos activos o sospecha de los mismos.
  • Alteraciones de la sensibilidad cutánea, que impiden al paciente advertir un exceso de calor.
  • Procesos infecciosos agudos, fiebre o trombosis activa.

Además, en inflamaciones agudas muy recientes se suele optar por intensidades bajas (modo atérmico) o esperar a que remita la fase más reactiva, más que descartar la técnica por completo. Esta valoración debe hacerla siempre un fisioterapeuta, caso por caso.

No trabaja sola: cómo la integramos en el tratamiento

La radiofrecuencia da mejores resultados como parte de un plan combinado, nunca como técnica aislada. En Kinésalud solemos apoyarnos en nuestro tratamiento de radiofrecuencia para patologías en general junto con terapia manual y ejercicio terapéutico progresivo, que sigue siendo el pilar de cualquier recuperación duradera.

Hay casos, además, en los que el dolor no depende solo del tejido lesionado, sino de una alteración de la mecánica articular o incluso visceral más amplia. Cuando detectamos ese componente, combinamos la radiofrecuencia con sesiones de osteopatía para abordar la causa del problema y no solo el síntoma, buscando una recuperación más completa y estable en el tiempo.

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